Abriendo los sentidos al bosque

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Emprendíamos una nueva excursión naturalista por el gran robledal de Muniellos el 29 de marzo de 1988 mis amigos de la recién creada asociación ecologista canguesa  GECA. Un día de la recientemente estrenada primavera con día nublado y lluvia débil. El frescor del bosque, que ya ebullía en cientos de trinos de los pájaros de la floresta, llenaba los pulmones e impregnaba todo de humedad; los líquenes de ramas y troncos empapados, pero también el barro de algunos tramos de las sendas, donde podrían marcar sus huellas los pobladores del mayor robledal de España.

Como sabéis, el bosque de Muniellos, Reserva Natural Integral, pasa por ser el espacio más protegido de Asturias y es visitable sólo por 20 personas al día. Si preguntáis a la mayoría de esas personas qué animales han detectado en el bosque al finalizar la ruta, muchos os dirán que lo único que han visto son unas babosas negras enormes.

Ver fauna en el bosque de Muniellos es tarea difícil, pues es una gran selva cantábrica, en la que ves árboles y más árboles, ramaje, troncos, hojas… lo que no quiere decir que los animales no te vean a ti, claro. Es entonces, cuando es necesario abrir bien nuestros sentidos a todo aquello que el bosque nos deje percibir o nosotros seamos capaces de captar. Será entonces cuando nuestra visita a este gran “museo” vivo de la naturaleza más salvaje de la Cordillera se convertirá en una auténtica experiencia de conocimiento de lo vivo, de lo que nos rodea.

Anillando aves en el río Muniellos. 1988

Anillando aves en el río Muniellos. 1988

Y, con esta idea general, como era nuestra costumbre, iniciamos la ruta por el bosque de Muniellos a las 9,30 de la mañana. Ibamos mirando al suelo y a nuestro alrededor, en silencio, para escuchar los sonidos del bosque. Enseguida vimos dos ardillas persiguiéndose. Al vernos, una se escondió en la parte posterior del tronco, inmóvil, pensando, quizá, que no la veíamos. Nos espiaba como un niño jugando al escondite desde la parte trasera del roble; asomaba un ojo y nos vigilaba. Y así estuvo hasta que continuamos el paseo. ¡Cuántas veces habrá pasado algo así en la naturaleza!, y nosotros no nos habremos dado ni cuenta.

Ardilla en Muniellos

Ardilla en Muniellos

Cuando nos vieron, las ardillas emitieron un sonido muy característico, que se nos quedó grabado, y así es como hemos visto muchas otras ardillas en el bosque; por escuchar antes de ver, esa llamada de alarma de las ardillas.

Estábamos disfrutando con el sendero que se encamina hacia la zona del Pico Luis y valles de la Zreizal y las Berzas, hoy prohibidos para su paseo de forma general. En aquellos momentos, además del típico sendero a las lagunas, teníamos este otro, mucho más largo, que atravesaba una bonita zona de hayedo y luego remontaba en unos zig-zag hacia Pico Luis, manteniendo luego, como lo hace el otro sendero de las lagunas, un mismo desnivel, más o menos, muy llevadero.

Al aproximarnos al inicio de esos zig-zag, en la base de la curiosa roca o “peña cuelgaloscuras”, cuyo origen toponímico desconocemos pero seguramente será curioso, encontramos un grupo de rebecos (Rupicapra rupicapra). Este bóvido de montaña siempre se asocia con los espacios abiertos de alta montaña, con abundantes roquedos y moles calizas verticales. Sin embargo aquí comparte espacio boscoso con el corzo. El grupo lo formaban unos 12 rebecos que emprendieron una rápida carrera para, la poco, pararse a mirarnos entre el ramaje de multitud de avellanos.

Rebeco en Muniellos

Rebeco en Muniellos

Uno de los rebecos avisó a los demás de nuestra presencia con una especie de silbido nasal muy característo, cuyo conocimiento nos ha permitido descubrir otros rebecos al oir esa especie de llamada entre ellos de advertencia por la cercanía de un enemigo.

Rebeco en Muniellos

Rebeco en Muniellos

Los senderos de Muniellos son muy pedregosos, que muestran su esqueleto silíceo con abundancia de cuarcitas. Sin embargo, hay muchos lugares donde estudiar las huellas y, lógicamente, mirando al suelo, descubrimos las inconfundibles huellas de los rebecos;

Huella de rebeco

Huella de rebeco

Efectivamente, en este sector occidental de la Cordillera Cantábrica, rebeco y corzo suelen compartir el mismo hábitat. Al poco oímos el ladrido de los corzos; podrían recordar vagamente a un perro, pero son los corzos con su llamada de alarma.

Durante el recorrido vimos 8 corzos en grupos de 2, 3, 2 y 1 solo. Parece ser que son las hembras las que más suelen alarmarse y emitir esos curiosos ladridos.

 

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Corzo en Muniellos

Mientras que los rebecos (bóvidos) tienen cuernos tanto machos como hembras, los corzos (cérvidos) sólo presentan cuernas en los machos, que les caen, como a los ciervos, todos los años para renovarlas con una especie de terciopelo al principio.

Macho de corzo

Macho de corzo

En aquellas décadas de los 80 y 90 los corzos eran frecuentes y su ladrido matinal era un habitual sonido que retumbaba como un eco en estos forestados y estrechos valles. Sin embargo, hoy parece más fácil ver un oso pardo que un corzo en estas montañas de la Cordillera Cantábrica occidental.

Es posible que el llamado gusano de la garganta y nariz del corzo (Cephenemyia stimulator) sea uno de los principales causantes de este descenso brutal en las poblaciones de este pequeño cérvido. Este parasitismo parece no matar al corzo a primera vista, pero es muy posible que se quede muy debilitado y la necesaria oxigenación en la carrera de huida de lobos y otros depredadores le sea faltal.

Carbonero común

Carbonero común

Al finalizar el tramo del zig-zag cerca del ramal que sube al Pico Luis, oímos una algarabía de cantos en las ramas de los árboles por encima de nuestras cabezas. Era un grupo de páridos. Se trata de un agrupamiento de carboneros, herrerillos y otros pájaros muy frecuente en este tipo de bosques caducifolios. Concretamente, apuntamos en el cuaderno de campo aquella mañana primaveral que el grupo de pájaros estaba compuesto por:

  • Carboneros comunes.
  • Herrerillos comunes.
  • Mitos
  • Trepadores azules.

Es frecuente, como así vimos posteriormente, que estos grupos de pájaros se complementen con otras especies como:

  • Herrerillo capuchino.
  • Carbonero garrapinos.

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Observando pájaros en Muniellos

Observando pájaros en Muniellos

Frecuentemente también se ven a los agateadores en este grupo de pájaros. Aquí tenemos al agateador común y también al norteño que, como su nombre indica, es propio del norte de la península y no se ve en otros bosques más al sur.

Agateador común

Agateador común

Trepador azul

Trepador azul

El trepador azul es un bonito pájaro de nuestros bosques de colorido fascinante y un canto muy fácil de conocer y recordar. Trepa por troncos y ramas buscando insectos entre las grietas de la corteza o entre los musgos y líquenes y es capaz, incluso, de colgarse boca abajo como una mosca o de bajar destrepando por los troncos.

Al llegar al primer gran pedregal o “l.leirón”, enorme, vestigio de las glaciaciones, nos encontramos con los rastros e indicios del oso pardo. Un excremento con hierba en el sendero nos anunciaba que algún plantígrado se encontraba por la zona.

Excrementos de oso pardo

Excrementos de oso pardo

En esta época, el oso se alimenta con mucha hierba, la pasta, y también con algunos hayucos que pueda encontrar entre la hojarasca húmeda de laderas umbrías. Al poco, un marcaje en un tronco de abedul vino también a confirmarnos que estábamos en su hábitat.

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Entre las ramas de avellanos, arces, acebos y robles la brisa del viento iba moviendo las hojas mojadas por la ligera lluvia que ya había cesado. Parecía un síntoma de cambio de tiempo. Las nieblas comenzaron a jugar con las cercanas cumbres subiendo y acariciando las copas de los enormes robles de Muniellos. En ese momento, un inconfundible y penetrante canto de pico negro o picamaderos negro resuena en el valle de la Zreizal. Una lejana sombra negra semajante a una corneja en vuelo ondulante nos dice que, efectivamente, el gran pájaro carpintero se encuentra en ese valle. Y los troncos viejos, con mil huecos donde se esconden las larvas de los insectos xilófagos que tanto apetecen los pícidos, allí están, con fuertes heridas causadas por el potente pico del carpintero. Después, con su larguísima lengua, sacará esas suculentas larvas de sus galerías en la madera muerta. Pero también, en esta época primaveral, trepa por los troncos viejos, ahuecados, para marcar su territorio. Un tamborileo rápido, como una ráfaga de tonos graves son el mensaje de propiedad del pito negro.

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Pito negro

Y así, llenos los sentidos de emociones y sensaciones que nos hacen conocer con mayor profundidad los secretos de la vida salvaje de Muniellos y, por lo tanto, enamorarnos de estos valles salvajes, regresamos sobre nuestros pasos bajo las copas de los enormes quercus que llevan décadas sin tocarse, desde los años 70 no se volvieron a escuchar sierras ni motores en estos valles. Ahora es el retumbar del tamborileo del pájaro carpintero el único motor que se oye y su poderoso pico la única herramienta que taladra los árboles. Seres y árboles del bosque comparten el tiempo y el espacio en Muniellos.

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Observando al pito negro en Muniellos

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Muniellos, 29/03/88

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