Primera acampada en Muniellos

 

Acampada en Muniellos, abril 1985

Acampada en Muniellos, abril 1985

Mis amigos naturalistas y montañeros del “Club el Milano” de Cangas del Narcea, habíamos ido ya de acampadas por el Acebo y otros montes que rodean en casco urbano de Cangas en busca de aventuras en la naturaleza y de ampliar nuestros conocimientos sobre fauna y flora. Algo hoy impensable. Con poco más de 11 años algunos de ellos, sin móvil y sin la tutela de nuestros padres.

Así que, cuando dos amigos de la otra asociación canguesa de naturaleza, el Cuelmo, Juan Manuel Redondo y Quique, nos propusieron acompañarlos varios días de acampada a Muniellos, no lo dudamos. Fue el 3 de abril de 1985 según mis anotaciones en el cuaderno de campo, coincidiendo con la semana santa y, por lo tanto, con nuestras vacaciones en el instituto de Cangas concretamente del 3 al 5 de abril del 85. Estábamos, por otro lado, en plena efervescencia adolescente y de resurgir de ideas, tanto desde el Cuelmo como desde el GECA, de cambios, de mil intercambios de ilusiones para crear y legalizar una nueva asociación, el GECA, tan solo un mes después de esta incursión en Muniellos.

Jose Manuel R. Díez

Jose Manuel R. Díez

Mi padre nos llevó a la estación del ALSA a Jose Manuel R. Díez y a mi y a las 6 salíamos en bus hacia Moal con nuestros amigos del Cuelmo. Desde allí caminamos con las grandes mochilas al hombro en la calurosa tarde hasta la zona conocida hoy como el “Cortín de Cadenas”. Ibamos cargados con tiendas de campaña; estrenaba mi primera tienda!, sacos de dormir, esterillas, comida, cámara de fotos, prismáticos… Y allí acampamos en una especie de pequeño prado en la margen derecha del camino de entrada a la, por entonces, Reserva Biológica Nacional de Muniellos.

Acampamos rápido, con nerviosismo, queríamos explorar todo, descubrir los secretos senderos de la fauna, los rastros de los animales… montamos dos tiendas de campaña, metimos todo dentro y nos fuimos a ver a Benjamin, el guarda, a Tablizas. Si hoy apenas figura Cangas del Narcea en el mapa, en los 80 casi nadie conocía los paisajes indómitos del suroccidente asturiano. No había costumbre de caminar por el monte ni había turismo rural, se vivía básicamente de la minería del carbón. Por lo tanto, nadie se metía con unos locos que acampaban en el monte, era algo ocasional.

La costumbre, que mantuvimos durante unos cuantos años, de subir a ver a Benjamín y su mujer, el guarda, que vivían en la casa de Tablizas, era como una primera obligación al acercarse al gran bosque. Había que tomar nota de las novedades que nos contaba a los cuatro enamorados de la naturaleza canguesa que lo escuchábamos con verdadera pasión, de la fauna que se había visto durante esos días, de las incursiones del oso a las colmenas… Aquellas palabras, para unos adolescentes enamorados de la vida salvaje, eran la antesala de la aventura posterior al explorar el bosque con los sentidos abiertos. Fuimos, como siempre, bien recibidos en Tablizas. Los montes altos de Muniellos estaban nevados y, no obstante, hacía calor aunque sabíamos que mañana llovería. Estuvimos hablando con el guarda hasta que ya fue de noche, y bajamos caminando hacia la tienda de campaña a oscuras, pero bajo la luna llena, una noche guapísima, muy clara, lejos de la civilización y no me acordaba de ella para nada.

Corzo

Corzo

Caminando junto al cantarín río Muniellos en la noche de luna clara, pensando con nuestro raciocinio adolescente en el modo de vida del guarda, en pleno contacto diario con la naturaleza, descubrimos un paso de los corzos; un sendero que bajaba del monte entre los troncos de los robles hacia el río, probablemente, pensamos, para abrevar al llegar la noche que esconde con su oscuridad los cuerpos de los herbívoros que son posibles presas del lobo.

Y allí nos quedamos escondidos hasta las 10,30 de la noche, apostados al paso de unos corzos que no aparecieron durante ese rato de espera. Después nos fuimos hacia las tiendas de campaña para descansar y cenar algo bajo la luz de la luna.

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Nuestra primera noche en Muniellos, al lado de la hoguera.

Como de costumbre, hicimos una hoguera y asamos unos chorizos, tocino, sacamos de la mochila galletas, pan, chocolate, cantimplora y así pasamos una larga velada nocturna junto a la tienda de campaña en plena naturaleza y en la clara noche. Noche en la que entran en actividad la mayoría de criaturas del bosque. No tardamos en escuchar el típico canto del cárabo marcando sus territorios. Otros seres son, sin embargo, mucho más silenciosos, más difíciles de detectar. Y así, nos quedamos escuchando los sonidos que procedían del interior del bosque y charlando también hasta las 12,05 de la noche.

Era mi primera noche en mi tienda de campaña. En otras ocasiones habíamos dormido en las tiendas de otros amigos. Era también, nuestra primera noche en un bosque mas o menos lejos de alguna población, ya que otras veces habíamos acampado junto a más tiendas de campaña. Los cantos intrigantes de los cárabos no cesaban, el cantarín río Muniellos tampoco se dejaba de oír. Teníamos, pues, todas las papeletas para no pegar ni ojo en toda la noche.

Amaneció el 4 de abril de 1985 muy cargado de nubes y amenazaba con llover. Cuando salimos de la tienda para lavarnos en el río comenzó a lloviznar y nos apresuramos para recoger leña y meterla debajo del sobretecho de la tienda para utilizarla de noche. Desayunamos latas y un café con leche frío por causas ajenas a nuestras voluntad. Armados con chubasqueros y cámara de fotos con un carrete de 24, salimos a explorar el entorno, íbamos a “espiar” la naturaleza. Íbamos a seguir los rastros de los corzos que habrían bajado a abrevar así como a descifrar las huellas y señales de mustélidos y otros mamíferos que debieron moverse por la zona mientras intentábamos dormir.

Rascaduras de jabali en los robles

Rascaduras de jabali en los robles

Anduvimos por el bosque de Quercus robur y Quercus petraea y vimos muchas cosas por alli, cada una más interesante que la anterior; huellas de corzo, de jabalí, excrementos, rascaduras en los troncos… Debajo de una gran piedra, una madriguera de mustélido, seguramente de una comadreja. Al rato, mi amigo Jose Manuel vio una “muniel.la” o comadreja moverse rápidamente entre las piedras, cerca de esa madriguera. El río pasaba por medio, nuestras miradas iban dirigidas a sus riberas por si podíamos descubrir al escurridizo desmán de los pirineos o a la bella nutria. Fueron muchas las fotos que sacamos.

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Nos dirigimos hacia Tablizas pero no entramos en el interior del bosque protegido, a pesar de tener permiso, debido al mal tiempo reinante. Muy cerca de la tienda de campaña encontrábamos suficientes alicientes para investigar la naturaleza y recrearnos. Allí había colmenas protegidas del oso pardo con un “cortín”. Había excrementos y huellas de zorro y hasta encontramos una egagrópila que, tras su análisis, nos dio información sobre la alimentación a base de ratones por parte de los búhos del lugar.

Dibujando un hueco donde comían los lirones

Dibujando un hueco donde comían los lirones

El lugar era maravilloso, los animales abundantes, yo mismo dije; … “hay que trabajar en plena naturaleza, no en ambientes urbanos”… La emoción, para unos adolescentes enamorados de la naturaleza, era mucha aunque hacía muy mal tiempo. De hecho, nuestros amigos del Cuelmo se marcharon y nos quedamos Jose y yo en la zona con nuestra tienda de campaña. Al rato apareció una pareja que nos preguntó si podrían acampar junto a nosotros. Les dijimos que si y ayudamos a Jose Luis, que así se llamaba nuestro nuevo vecino, a montar su tienda canadiense de 5 plazas, mucho mayor que la nuestra que era de 3. Compartimos el fuego para comer todos juntos.

Por la tarde, emprendimos una nueva excursión naturalista hacia la Reserva Biológica Nacional, haciendo fotos de aquellos parajes y buscando fauna.

A la entrada de Muniellos, cerca de Tablizas

A la entrada de Muniellos, cerca de Tablizas

Encontramos excrementos de lobo, con abundante pelo de jabalí y, es que, ya nos había advertido Benjamín de que andaban los lobos por el fondo de valle esos días. Lamentablemente no pudimos oírlos aullar esas noches, a pesar de prestar atención a los sonidos nocturnos del bosque. Seguía lloviendo, pero no nos amedrentaba para seguir buscando indicios de la fauna.

Excrementos lobo

Excrementos lobo

Nuestros nuevos vecinos nos invitaron de noche a meternos en su tienda de campaña, mucho más amplia que la nuestra, y cenar todos juntos. Preparamos algo de cena con una cocinilla de gas que habíamos tapado con una estructura de palos para que no se mojara. Esa noche preparamos callos con patatas y tomamos café. La lluvia arreciaba y fue constante toda la noche, pero era gratificante compartir las emociones y aprendizajes en la naturaleza compartiendo la cena bajo la lona de la tienda de campaña a la luz de las linternas.

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Preparando el desayuno ante la puerta de la tienda de campaña

Durante la noche, había asomado varias veces la cabeza por la cremallera de la tienda de campaña para beber el agua de la fría cantimplora y ver si se movía algún animal en la oscura noche o hacía algún ruido al huir por el cercano pedregal. Despertamos con mucha lluvia y frío el 5 de abril. Tras el frugal desayuno, nos fuimos a dar un paseo por el bosque para acabar el carrete de 24 fotos y nos asombramos al descubrir un grupo de tritones alpinos en un charco. Habíamos visto ya más veces entre las piedras de las cristalinas orillas del río Muniellos al tritón ibérico (Triturus boscai), pero era la primera vez que veíamos en vivo y en directo a los hermosos tritones alpinos.

Tritones alpinos (Triturus alpestris)

Tritones alpinos (Triturus alpestris)

Nos interesamos por vislumbrar qué tipos de tritones habría en Muniellos, pensando que había al menos 3 especies; el tritón ibérico en el río y los tritones palmeado y alpino en las lagunas y en los grandes charcos del bosque. Del tritón jaspeado no teníamos aún noticia ni lo habíamos visto en los ecosistemas acuáticos de Muniellos. Estas especies, junto a la salamandra rabilarga nos denota el buen estado de conservación, lo que resulta lógico, de las aguas de la Reserva. Sin embargo, el desmán seguía siendo un misterio para nosotros.

Regresamos a comer a la tienda de campaña, dentro de ella, pues no paraba de llover. Contamos chistes, jugamos a las cartas y a los barcos y recogimos todo el material para bajar a Cangas del Narcea con nuestros vecinos, Jose Luis y su mujer, pues se iban a marchar en su Ford Escort blanco y se ofrecieron a llevarnos.

Nos daba pena dejar aquel lugar, a pesar del mal tiempo, contentos de lo aprendido y de la emoción de las esperas al corzo, del ulular del cárabo, de las charlas naturalistas en tan hermosos parajes. Ya estábamos preparando una nueva acampada en Muniellos para cuando hiciera mejor tiempo.

Y hoy, unos cuantos años después, sigo pensando en lo poco que miran muchos senderistas al suelo cuando van a visitar el bosque de Muniellos, apresurados por llegar a sus lagunas de origen glaciar. Con todo lo que hay que leer en el suelo, con todos los sonidos que hay que escuchar con paciencia, con todos los rincones a los que hay que dedicar tiempo para posar la mirada tranquila. Y también sigo pensando en esa Administración adormilada, anquilosada, que no deja ni quiere sacar el partido didáctico que tiene este auténtico laboratorio y museo vivo de la naturaleza mejor conservada de Asturias que nos sedujo ya siendo unos inexpertos adolescentes.

Muniellos, abril 1985

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