El olfato del lobo

Intentar conocer el mundo del lobo en su hábitat, tema que ya me lleva ocupado mucho tiempo desde niño, supone siempre, al menos para mi, pasar frío y sueño. Por lo menos en su hábitat en las altivas y forestadas montañas de la Cordillera Cantábrica occidental, ya sea en compañía de miembros de la asociación medioambiental GECA o de la empresa de ecoturismo NATUR.

Intentando filmar lobos en Somiedo, abril 1991

Cuantas noches sin dormir para madrugar con las primeras luces que van definiendo los tonos gris-azulado entre nieblas, oscuras montañas teñidas por encima de un suave naranja y gotas de rocío en las puntas de los brezos movidos por el frío viento del norte. Cuantas mañanas perdidas por la densa niebla que no se adivina en la oscuridad cerrada de la noche cuando accedes a las cumbreras por donde se mueve el lobo; qué desagradecido parece el esperar ocultos entre los matorrales y peñas de la alta montaña, al paso del más misterioso de los grandes carnívoros, que anda de puntillas, que todo lo ve y lo huele, señor absoluto de sus dominios.

Pero no siempre vamos a tener mala suerte, un día de mayo, al fin, una pareja lupina se nos mostró tan bien, tanto rato y tan cerca que suplió tantos días de fría y larga espera. Un fantasma que nunca se sabe de donde viene ni a donde va. Acosado desde tiempos remotos y cada día, con más odio al menos en prensa y promovido por algunos en redes sociales. El lobo ibérico. Trotador sin fatiga por los senderos de las largas cuerdas montañosas, que con pasos rápidos y que se antojan cómodos a la vista, se encamina como un marchador de fondo de una zona a otra, oteando siempre, venteando, sospechando de la presencia del hombre en cada vertiente de la ladera.

Después de dejar los ojos tras los prismáticos, con el telescopio al lado ya preparado, rastreando todos los senderos a la vista una y otra vez, cuando son las 7 en punto de la mañana, una sombra que dibuja una línea gris que avanza sobre unas patas que ni caminan ni corren nos delata a un lobo que viene por el sendero en nuestra dirección, a unos 400 metros de distancia. Pero de repente le sigue otro, son dos lobos que trotan ingrávidos saliendo de una línea de bosque por los senderos que recorren la cumbre. Emocionados, tomamos el telescopio y ya solo se ve a uno de ellos, que sigue avanzando en un suave trote lobero en nuestra dirección, quizá ya a 300 metros.

Conteniendo la respiración buscamos al segundo. No aparece. El primero se para en un cruce. Mira en todas las direcciones, parece que duda. Estará olfateando a su peor enemigo, el hombre. Orina en unos helechos y continua. Es entonces cuando vemos al segundo, que lo estaba siguiendo a unos 50 metros de distancia, fuera del camino, por la línea de los brezos.

Los primeros rayos de sol ya dan color a las cumbres y comienzan a caldear el paisaje que permanecía silencioso, a no ser por los cantos de las alondras colgadas en el aire. De repente, el primero de los lobos decide tumbarse al lado del camino, entre unos helechos secos y marrones, mientras que el otro continua caminando, lo rebasa y sigue por el sendero en nuestra dirección y se para a unos 150 metros. Olfatea el ambiente y se tumba. Nosotros inmóviles, casi manteniendo la respiración, con el cuerpo oculto por los brezos y una roca que tapaba nuestra silueta contra el cielo bañado por la luz tempranera del sol y la luna aún luciendo en lo alto.

Lobo rascándose

Más de 15 minutos estuvo este lobo rascándose y mordisqueándose posiblemente las pulgas. A unos 150 metros estaba el otro ejemplar, tumbado pero inmóvil. Se observaban, como es lógico en un animal que tiene en su sociedad, la base de su forma de vida. ¿Será una estrategia de caza? ¿Oteaban los dos desde distintos puntos a una posible presa?. Comportamiento curioso y a plena luz del sol. Tras ese rato, el lobo más cercano se levantó y siguió caminando en nuestra dirección. 100 metros, 75… y cada vez los nervios más a flor de piel, …[nos van a pasar por delante]… susurraba emocionado. Qué va a pasar?. ¿Nos verá?, ¿nos olerá?, permaneceremos lo más inmóviles posible, no moveremos ninguna parte del cuerpo!.

Tan cerca, y a cada paso más y más, se podía apreciar cómo posaba sus zarpas sobre el terreno a un ritmo que parecía tranquilo pero rápido a la vez, sin mover a penas la línea entre la cabeza y la cola. La luz del sol bañaba sus ojos ambarinos, preciosos, que con el telescopio y a esa distancia permitía verle hasta la pupila, negra, rodeada de un tono miel. Las orejas más rojizas que el tono grisáceo del cuello. Y llegó a los 50 metros de distancia.

El lobo del relato. Foto; Chema Díaz

Alcanzó el lugar por donde nosotros habíamos cruzado el camino desde la otra ladera para apostarnos, aún de noche, en el lugar roquero desde donde estábamos viviendo tan apasionante aventura lupina. Y, en este punto, se paró en seco, como si la fuerza de gravedad lo atrajera de tal modo que agachó rápidamente la cabeza al suelo.

Momento en que el lobo olió el suelo. (Captura de vídeo).

Inmóviles, casi sin respirar y con un gran interrogante observábamos al cercano lobo e intentábamos analizar su comportamiento. ¿Por qué se paró ahí en seco?

Pues sencillamente y de forma asombrosa, olió el suelo y levantó la cabeza como si tuviera un muelle y miró alrededor; volvió a llevar su fina pituitaria al suelo y volvió a mirar en todas direcciones con movimientos rápidos del cuello y la espalda tensa, con las patas abiertas dispuestas para la carrera. Tras unos segundos, se dio media vuelta y regresó tras sus pasos. A los 15 metros volvió a parar y a mirar en todas direcciones, momento tras el cual se perdió entre los matorrales de forma tranquila al no ver ninguna silueta humana en el entorno, pero sabía que el hombre estaba por allí.

Una vez que olió el suelo, oteó con nerviosismo su alrededor buscando la silueta del hombre.

Y tras analizar tan cercana y asombrosa observación, nos dimos cuenta que nos había olido las pisadas, había detectado nuestras suelas de las botas al cruzar ese punto dos horas antes. Algo increíble y que me recordó lo escrito en un curioso libro de 1829 sobre cómo matar lobos y zorros, aconsejando untar las suelas del calzado con tocino rancio para no ser detectados por el lobo.

Sin duda, el lobo no nos olió el olor corporal, pues nos hubiera detectado con la vista, tal como nos pasó otras veces, si no que buscó la silueta de su peor enemigo tras oler el suelo en el sitio por donde habíamos cruzado el sendero. Por si la emoción fuera poca, se había levantado del encame el segundo lobo y, como preveíamos como animales sociales que son, se dispuso a seguir exactamente todos los pasos del  primero. Por tanto, se nos venía encima otra observación larga y cercana. A disfrutar de la silueta, del caminar, de los ojos ambarinos del lobo, saboreando cada paso pues podíamos saber donde iba a posar sus pisadas, justo donde su compañero. Pero eso si, se perdió en los matorrales por donde había desaparecido en primero, quizá a unos 80 metros de distancia.

Ultimo momento antes de perderse entre los matorrales.

Inolvidable mañana en la que observamos cómo se tumbaban a encamar, quizá por el cansancio de la caza nocturna, con bastante separación entre uno y otro, sin perderse de vista; cómo observaban el entorno, marcaban territorio en los cruces y sabían leer los mensajes del viento y la tierra; cómo nos detectó aquel lobazo sin llegar a vernos, sólo por el pisar de nuestras botas de montaña en el sendero que traía el eterno perseguido, de una belleza sin par en nuestros aparatos ópticos, tan cerca y con tan buena luz.

Escuchando aullidos de lobos
me dormía muchas noches en mi
pueblo burgalés de Poza de la Sal,
al pie del alto páramo de Poza
y de Masa.
Félix Rodríguez de la Fuente

Entonces, al ver la mirada del lobo, rozándole la oblicua luz del sol por el cristalino y la pupila, recordé la emoción del propio Félix cuando, de niño, vio a su primer lobo. Le habían dicho que era un animal odioso, horrible, al que había que matar. Cuando vio con sus prismáticos al lobo en una batida a la que había asistido cerca de su pueblo, la belleza del lobo le marcaría para siempre, el mensaje de la conservación de la naturaleza quedaría para siempre impreso en su mente:

[…] Fue un invierno en el que los lobos habían causado tales matanzas que se organizó una batida. La batida estaba perfectamente montada. En ella intervenían varios pueblos, los más afamados cazadores permanecían apostados en los portillos por los que los LOBOS teóricamente empujados por toda una marabunta de ciudadanos que dando gritos y auxiliados por perros surcaban el páramo inmenso, habrían de pasar. Justamente a mí, quizás por ser el hijo del notario del pueblo, me tocó diríamos “la suerte” de estar junto al más diestro y al más afamado de aquellos matadores del páramo. El hombre aquel día no podía ver tanto como yo, porque yo estrenaba unos flamantes prismáticos, mis primeros gemelos de campaña, que me permitieron descubrir cosas maravillosas, y que seguramente me permitieron descubrir también EL ALMA DEL LOBO. Y no se por qué razón me imaginaba yo que los lobos debieran ser unos animales de rostro feroz, de fauces sanguinolentas, de ojos asesinos.

Estaba pensando yo que aquel hombre tenía toda la razón, que cuando apareciera el cano con su faz sanguinolenta, el matador de inocentes ovejas, lo mejor que podíamos hacer era darle un tiro y acabar con su vida. Cuando algo que apareció de pronto en el horizonte, algo gris que se recortó súbitamente sobre el otero que teníamos enfrente me hizo dirigir lentamente los prismáticos hacia su encuentro. LO QUE VI ENTONCES NO SE ME OLVIDARÁ JAMÁS. Vi un animal, un animal que estaba perfectamente posado y que miraba exactamente en mi dirección. Unos ojos de los que se desprendía quizás una queja: ¿Por qué me perseguís? ¿Por qué queréis acabar conmigo? ¿Por qué queréis matarme? Si yo también necesito la carne para vivir. ¿Por qué queréis quitarme la vida?

Yo me quedé en los ONCE AÑOS de mi infancia anonadado, viendo aquella masa joven, viendo aquel animal que no tenía nada que ver con la bestia feroz, malvada, sanguinolenta y sucia que me habían descrito los pastores y los cazadores. Era un animal hermosísimo DE MIRADA NOBLE, profunda, que era quizás la más acabada imagen de la fuerza, de la LIBERTAD, de la nobleza, DEL PALPITAR DEL CORAZÓN DE LA MADRE TIERRA. Y entonces, en un segundo, decidí que yo no podía permitir que el cazador matara al animal, y dando un salto, corrí hacia el Lobo gritando:¡Márchate! ¡Vete! ¡No entres en nuestro puesto, qué te van a matar!

Chema Díaz. Cangas del Narcea, mayo 2017

 

 

 

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